De camino, se iba arrancando uno a uno los dardos envenenados que había recibido, hablaba en voz alta consigo mismo, replicaba a todos los necios a los que había tenido que enfrentarse, encontraba agudas respuestas a las tontas preguntas que le habían hecho y se desesperaba de ver que su genio se despertaba demasiado tarde.

Honoré De Balzac