¿Qué sé del destino del hombre? Podría contarte más sobre los rábanos.

Decir es inventar.

He cambiado tantas veces de refugio, a lo largo de mi desconcierto, que me sorprendo confundiendo antros y escombros.

Sé lo que saben las palabras y las cosas muertas, y todo ello forma una pequeña y bonita suma, con un comienzo, una mitad y un final, como en las frases bien construidas y en la larga sonata de los cadáveres.

Has intentado alguna vez. Has fallado. No importa. Vuelve a intentarlo. Falla otra vez. Falla mejor.

Hay que rendirse a la evidencia, no soy yo el muerto, sino todos los demás.

Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre.

A fuerza de llamar a esto mi vida terminaré por creérmelo.

Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Digo esta noche, como si se tratara siempre de la misma noche, pero ¿hay dos noches?

Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo.

El hábito es una gran sordina.

Querida incomprensión, a ti deberé ser yo, al fin. Pronto no quedará nada de todo eso con lo que me rellenaron. Entonces seré yo el que vomitará al fin, en sonoros reductos e inodoros de famélico, que concluirán en el coma, en un prolongado coma delicioso.

Cuando más dificultades encuentro, mayor empeño pongo en las cosas.

Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

En lo que a mí respecta, siempre he preferido la esclavitud a la muerte, o mejor dicho, a la ejecución. Porque la muerte es una condición de la que nunca he podido formarme una representación satisfactoria y que, por tanto, no puede figurar legítimamente en el balance de los males y los bienes.

No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza.

¿Qué sé yo sobre el destino del hombre? Te podría decir más sobre los rábanos.

Dios mío, qué poco de acuerdo consigo mismo está el hombre. Yo que me vanagloriaba de ser ponderado, frío como el cristal y limpio de toda falsa profundidad.

Ni una persona de cada cien sabe callarse y escuchar, ni siquiera lo que eso significa. Y sin embargo es entonces cuando se distingue, más allá del estrépito absurdo, el silencio de que está formado el universo.

Hay que inclinar la cabeza, tendiendo las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias, buena señora. El que no tiene nada, no tiene derecho a despreciar la mierda.

Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede chocarnos el aburrimiento.

La sabiduría no consiste en la satisfacción del deseo sino en su eliminación.

Inténtalo. Fracasa. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor.

Sí, a partir del momento en que se conoce el porqué, todo resulta más fácil, un simple asunto de magia.

Lo que hay que evitar, no sé por qué, es el espíritu de sistema.

Ruinas refugio cierto por fin hacia el cual de tan lejos tras tanta falsedad. Lejanos sin fin tierra cielo confundidos sin un ruido nada móvil. Rostro gris azul claro cuerpo pequeño corazón latiendo solo en pie.