Creo que les preocupaba que mi abuelo fuera a infectarme con alguna ensoñación incurable de la que jamás me recuperaría; que aquellas fantasías me estuvieran vacunando de algún modo contra ambiciones más realistas.

Yo no sabía como llamar a aquello que sucedía entre nosotros, pero me gustaba. Me proporcionaba una sensación estúpida, frágil y agradable.

Salí (...) dando un portazo y comencé a andar, sin dirigirme a ninguna parte en concreto. A veces uno simplemente necesita salir por una puerta.

Pero ¿Por qué no? Si jamás regresaba a casa, ¿Que me iba a perder? Vi mentalmente mi enorme y fría casa, una ciudad sin amigos llena de malos recuerdos, la vida del todo vulgar que habían planificado para mi. Me di cuenta de que ni una sola vez se me había ocurrido rechazarla.

No hagas promesas que no vas a poder cumplir, así es como los enamorados se hacen daño.

Por suerte, nos habíamos refugiado en el lugar más perfumado de la isla.

Había soñado con escapar de mi vulgar vida, pero mi vida no fue nunca vulgar. Simplemente no había advertido lo extraordinaria que era.

Los abuelos tenían que morir en camas, en lugares silenciosos donde zumbaban máquinas, no desplomados sobre el suelo empapado y apestoso con hormigas pasándole por encima y un abrecartas de latón aferrado en una mano temblorosa.

Siempre habá sabido que el cielo estaba lleno de incógnitas...pero nunca habría imaginado lo misteriosa que podía resultar la tierra.

Éramos como astronautas flotando en un universo sin estrellas.

Nos aferramos a nuestros cuentos de hadas hasta que el precio se vuelve demasiado alto.

Perdone señor, nos preguntábamos cuáles podrían ser sus intenciones, con respecto a comernos.

La peculiaridad por la que habían sido perseguidos era simplemente la de ser judíos. Eran huérfanos de guerra, arrojados a aquella pequeña isla por una marea de sangre.

Cuando alguien no quiere dejarte entrar, al final acabas por dejar de llamar.