Hay que ser zorra para conocer las trampas, y león para hacer huir a los lobos.

Si quien gobierna [...] no reconoce los males hasta que los tiene encima, no es realmente sabio".

Aquel que en un principado no descubre los males sino una vez nacidos, no es verdaderamente sabio; pero ésta es virtud que tienen pocos.

El príncipe prudente debe preferir rodearse de hombres de buen juicio a los que dará la libertad de decirle la verdad.

La naturaleza de los hombres soberbios y viles es mostrarse insolentes en la prosperidad y abyectos y humildes en la adversidad.

Y quien se convierte en señor de una ciudad acostumbrada a vivir libre y no la deshace, que espere a ser deshecho por ella; ya que siempre, en caso de rebelión, se apoyará en el nombre de las libertades y en sus antiguos órdenes; cosas ambas que no se olvidan por mucho tiempo que pase y por muchos beneficios que se reciban.

Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.

La ley no debe tornar al pasado, sino prever el futuro.

La crueldad esta bien usada cuando se la emplea una sola vez por la necesidad de afianzar el poder y después no se repite.

Que no debemos dejar nacer un desorden para evitar una guerra, pues acabamos no evitándola, y sólo la diferimos, lo que redunda a la postre en perjuicio nuestro.

Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen.

No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas.

El vulgo se deja cautivar siempre por la apariencia y el éxito.

Dios no quiere hacerlo todo, para no quitaros el libre albedrío y aquella parte de la gloria que os corresponde.

Los cimientos indispensables a todos los Estados, nuevos, antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas tropas; y.

Todo príncipe prudente ha desechado las tropas auxiliares y refugiado en las propias; y ha preferido perder con las suyas que ganar con las otras.

En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven.

Licenció el antiguo ejército y creó uno nuevo; dejó las amistades viejas y se hizo de otras; y así, rodeado por soldados y amigos adictos, pudo construir sobre tales cimientos cuanto edificio quiso; y lo que tanto le había costado adquirir, poco le costó conservar.

Que el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina. Porque es natural que el que se ha vuelto poderoso recele de la misma astucia o de la misma fuerza gracias a las cuales se lo ha ayudado.

Así pasa en las cosas del Estado: los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los ve.

Cuando veáis al servidor pensar más en sus propios intereses que en los vuestros, y que interiormente busca sus propios beneficios en todas las cosas, ese hombre nunca será un buen sirviente, ni jamás podréis confiar en él".

Dios no quiere hacerlo todo, para no privarnos de nuestro libre albedrío ni quitarnos una parte de la obra que en nuestro bien redundará.

Aquel que instaura una dictadura y no mata a Bruto, o aquel que funda una república y no mata a los hijos de Bruto, sólo gobernará un corto tiempo.

La habilidad y la constancia son las armas de la debilidad.

Es que el que ayuda a otro a hacerse poderoso provoca su propia ruina.

No son los títulos lo que honran a los hombres, sino que los hombres honran sus títulos.

No hay signo más seguro de decaimiento en un país que ver a los ritos de la religión en desprecio.

El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo.

Si se conocen anticipadamente los males que pueden después manifestarse, lo que no concede el cielo más que a un hombre sabio y bien prevenido, quedan curados muy pronto. Pero cuando, por no haberlos conocido, se les deja tomar un incremento tal que llega a noticia de todo el mundo, no hay ya arbitrio que los remedie.

Un retorno a los primeros principios en una república es causado a veces por las simples virtudes de una persona. Su buen ejemplo tiene tal influencia que las personas se esfuerzan por imitarla, y los impíos se avergüenzan de llevar una vida tan contraria a su ejemplo.

La fortuna es mujer y, si se quiere dominarla, hay que maltratarla y tenerla a freno.

Porque las ofensas deben inferirse de una sola vez para que, durando menos, hieran menos; mientras que los beneficios deben proporcionarse poco a poco, a fin de que se saboreen mejor.

Así pues, la ofensa que se les infiera ha de ser tal que les inhabilite para vengarse.

Hay tres maneras de conservar los estados conquistados (…), cuando están acostumbrados a vivir en libertad y conforme a sus leyes: la primera es arruinarlos.

Quien desea ser obedecido debe saber mandar.

No es victoria verdadera la que se obtiene con armas ajenas.

En cada ciudad se hallan dos propensiones distintas, que dimanan de que el pueblo desea que no le manden ni opriman los grandes, al paso que los grandes buscan dominar y oprimir al pueblo.

Vale más hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse.

Que el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina.

Un príncipe que no es sabio no puede ser bien aconsejado y, por ende, no puede gobernar.

Los hombres deben ser ya sea consentidos o completamente destruidos, ya que si simplemente los ofendes toman venganza, pero si los lastimas mucho son incapaces de tomar represalias, por lo que el daño hecho a un hombre debe ser tal que la venganza no pueda ser temida.

Quien causa el poder de otro topa con su ruina. No le hace poderoso sino no su indústria o su vigor, y una y otra resultan sospechosas al principe que cobró más poder que él.

Todos los Estados bien gobernados y todos los príncipes inteligentes han tenido cuidado de no reducir a la nobleza a la desesperación, ni al pueblo al descontento.

Los principes y gobiernos son mucho más peligrosos que otros elementos dentro de la sociedad.

El que quiere ser tirano y no mata a Bruto y el que quiere establecer un Estado libre y no mata a los hijos de Bruto, sólo por breve tiempo conservará su obra.

El deseo de adquirir más es sin duda una cosa muy natural y común; y cuando los hombres tienen éxito en esto son siempre elogiados y no condenados. Pero cuando carecen de la capacidad de hacerlo y todavía quieren más adquirir a toda costa, merecen una condena por sus errores.

Ninguna fuerza doma, ningún tiempo consume, ningún mérito iguala, el nombre de la libertad.

Quien desea éxito constante, debe cambiar su conducta con los tiempos.

Al que no le importa morir no le asusta quitar la vida a otro.