Voluntad firme no es lo mismo que voluntad enérgica y mucho menos que voluntad impetuosa.

Gloria no es sinónimo de fama.

Dudar de todo es carecer de lo más preciso de la razón humana, que es el sentido común.

La razón es un monarca condenado a luchar de continuo con las pasiones sublevadas.

Un genio es una fábrica, y un erudito, un almacén.

El trabajo es un título natural para la propiedad del fruto del mismo, y la legislación que no respete ese principio es intrínsecamente injusta.

La educación es al hombre lo que el molde al barro: le da forma.

El ingenio suple a veces el genio: es como el agua que nos ofrece una gran profundidad, reflejándonos la inmensidad del firmamento.

El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a otros.

Sólo la inteligencia se examina a sí misma.

Un hombre perezoso es un reloj sin cuerda.

El pensar es un misterio; el hablar es un misterio; el hombre, un abismo.

El pensar bien no le interesa solamente a los filósofos, sino a las personas más sencillas.

Sin orden no hay obediencia a las leyes, y sin obediencia a las leyes no hay libertad, porque la verdadera libertad consiste en ser esclavo de la ley.

La lectura es como el alimento; el provecho no está en proporción de lo que se come, sino de los que se digiere.

No es muy dificil atacar las opiniones ajenas, pero sí el sustentar las propias: porque la razón humana es tan débil para edificar, como formidable ariete para destruir.

El deseo más imperioso que se abriga en el corazón de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor, desagrada, ofende; así está sabiamente ordenado que sea el castigo de su falta, lo que hiere más vivamente su corazón.

La llama de la vida ha de consumir algo. Si la dejamos encerrada, ociosa, en nuestro interior, nos devora a nosotros mismos.

Hay en el espíritu humano muchas fuerzas que permanecen latentes hasta que la ocasión las despierta y aviva.

El corazón necesita amar. Celestial o terrenal, ha de amar algún objeto, y es vano luchar contra esta ley.

No hay sabiduría sin prudencia, no hay filosofía sin cordura. Existe en el fondo de nuestra alma una luz divina que nos conduce con indudable acierto si no nos obstinamos en apagarla.

La franqueza tiene sus limites, allende los cuales pasa a ser necedad.

Terrible es el error cuando usurpa el nombre de la ciencia.

Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo. Pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay.

¡Ay de los pueblos gobernados por un Poder que ha de pensar en la conservación propia!

La pereza, es decir, la pasión de la inacción, tiene, para triunfar, una ventaja sobre las demás pasiones, y es que no exige nada.

El argumento o razón de analogía es la base en que descansa el sentido común.

Quien está dominado por pasiones brutales, pierde aquella delicadeza de sentimientos que hace percibir inefables bellezas en el orden moral y hasta en el físico.

Momentos hay en que los placeres cansan, el mundo fastidia, la vida se hace pesada, la existencia se arrastra sobre un tiempo que camina con lentitud perezosa. Tu tedio profundo se apodera del alma; un indecible malestar le aqueja y atormenta.

Donde hay un hombre que piensa sobre un objeto, inquiriendo su naturaleza, sus causas, sus relaciones, su origen, su fin, allí hay un filósofo.

El pensamiento bien consiste o en conocer la verdad o en dirigir al entendimiento por el camino que conduce a ella.

Un hombre con pereza es un reloj sin cuerda.

Me convencí de que dudar de todo es carecer de lo más preciso de la razón humana, que es el sentido común.

Aun los genios más privilegiados no llegan a adquirir su fuerza hercúlea sino después de largos trabajos. La inspiración no desciende sobre el perezoso.

En la lectura deben cuidarse dos cosas: escoger bien los libros y leerlos bien. Nunca deben leerse libros que extravíen el entendimiento o corrompan en corazón.

Los hombres capaces de alzar y llevar adelante una bandera son muy pocos.

Los hombres grandes son sencillos, los mediocres ampulosos.

Sucede muy a menudo que el hombre se engaña primero a sí mismo antes de engañar a los otros.

Cuando las leyes son injustas, no obligan en el fuero de la conciencia.

Las cosas bellas son perecederas y los bellos tiempos son efímeros.

No es tolerante quien no tolera la intolerancia.

Hasta los sentimientos buenos, si se exaltan en demasía, son capaces de conducirnos a errores deplorables.

El hombre tiene necesidad de amor, y la base de la religión es el amor.

Se ha de leer mucho, pero no muchos libros; ésta es una regla excelente.

En la lectura debe cuidarse de dos cosas: escoger bien los libros y leerlos bien.