Un abogado de mi edad, ¿no hubiese podido conocer, acaso, ciertas insinuaciones? Prescindiendo del hombre de negocios, muchas mujeres jóvenes habrían deseado excitar al hombre... Pero yo había perdido la fe en las criaturas, o, más que nada, en mi poder de gustar a alguna de ellas.

El artista es mentiroso, pero el arte es verdad.

¿Cómo hacerte comprender lo que tú habías despertado en mí? De pronto tuve la sensación de no desagradar; yo no desgradaba, no era odioso.

Esta espera de la carta desconocida y que sobrevive a todo, ¡qué signo es de que la esperanza no se ha perdido y de que queda siempre entre nosotros esa semilla!

Ella se curaría si él muriera. Sólo la muerte corta todos los caminos de la esperanza y deja una única salida al que sobrevive: el olvido.

El arte de vivir es sacrificar una pasión baja a otra más alta.

Cada uno somos un desierto.

Cogí su mano como hubiera hecho con la de un niño desgraciado. Y, como un niño, apoyó su cabeza sobre mi hombro. La recibía porque allí estaba; la arcilla recibe el durazno que cae. La mayor parte de los seres humanos no se eligen mejor que los árboles que han crecido juntos y cuyas ramas se confunden por el crecimiento.

La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.

No nos hemos de dejar engañar por las malas acciones de la gente buena. Se puede ser bueno, misericordioso, desinteresado, y ser también capaz de una mala acción.

El amor de las mujeres por los hombres no es un muro a cuyo amparo ellos se puedan refugiar; es un obstáculo que se ha de franquear para vivir.

Me había convertido en un maestro en el arte de destruir todo sentimiento en ese minuto exacto en que la voluntad desempeña un papel decisivo en el amor, cuando, al borde de la pasión, nos hallamos aún en libertad de abandonarla o lanzarnos a ella.

De nada sirve al hombre ganar la Luna si ha de perder la Tierra.

Mis propios sentimientos no tenían nada de real. Lo que importaba era mi fe en el amor que tú sentías por mí. Me reflejaba en otro ser, y mi imagen así reflejada no tenía nada de repelente. Me sentía con grandes ánimos en una tregua deliciosa.

Los vulgares rasgos de ternura -una mano apretada, una flor guardada en un libro-, todo era nuevo para mí, todo me encantaba.

No siento el menor deseo de jugar en un mundo en el que todos hacen trampa.

Todas las mujeres abandonadas se acuerdan con delicia de todo lo que han sufrido. El único mal es la ausencia; la ausencia para siempre ya del ser amado.

La mujeres ya no se acuerdan de aquello que ya no sienten. Una vieja ya no se acuerda del amor y lo censura y obstaculiza.

No les acontece a muchos hombres hallar en la realidad, al alcance de su vista, ese mundo que la mayoría no descubre más que en sí mismos, cuando tienen el valor y la paciencia de acordarse.

Pero el horror de la vejez es que ésta es el total de una vida, un total en el que no sabríamos cambiar una cifra. He tardado sesenta años en convertirme en este anciano muerto de odio. Soy lo que soy; sería necesario convertirme en otro... ¡Oh, Dios, Dios, si Tú existieras...!

¡Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción!

No podía imaginarme que pudiese poseer una cualidad alegre: pertenecía a esa clase de individuos cuya presencia hace que todo salga mal.

Si en aquel momento hubiese tenido a una mujer que me hubiera amado, ¿hasta dónde hubiese podido llegar Uno solo no puede conservar la fe en sí mismo. Es necesario que poseamos un testigo de nuestra fuerza; alguien que señale los golpes, que lleve la cuenta de los puntos, que nos corone en el día de la recompensa.

El miedo es el principio de la sabiduría.

La lectura, una puerta abierta a un mundo encantado.

La mayoría de los hombres se parecen a los grandes palacios abandonados: ocupan solo unas pocas habitaciones y han cerrado las alas donde nunca se aventura.

Su uniforme era demasiado grande para él. Su pelo cortado raso suprimía toda la personalidad de su rostro. Ya estaba preparado para la muerte. Era igual a los otros, indistinto, ya anónimo, ya desaparecido.

Nuestra vida vale lo que nos ha costado en esfuerzo.

Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón que un pésimo vino también puede llegar a ser un buen vinagre.

Cuando nos acordamos de algunas personas que hemos amado no hacemos, a veces, la diferencia entre lo que ellas fueron para nosotros y lo que nosotros habíamos querido que fueran.

Cuanto más me inclinaba a creer en mi importancia, más me dabas tú la sensación de mi nada...

Yo no era un monstruo. La primera muchacha que me hubiese amado habría hecho de mí lo que hubiera querido.

Una mujer que me hubiese amado hubiera deseado mi gloria. Me habría enseñado que el arte de vivir consiste en sacrificar una baja pasión por una más alta.

Mi juventud no ha sido más que un largo suicidio. Me apresuraba a desagradar sólo por el temor de desagradar naturalmente.

Incluso los mejores no aprender a amar por sí solos. Para pasar de largo ante los ridículos, los vicios y, sobre todo, la estupidez de los seres, es necesario poseer un secreto de amor que el mundo no conozca. Mientras ese secreto no sea hallado, se cambiarán en vano las condiciones humanas.

El amor busca en los seres, más allá de la carne, un secreto de ardor, de ciencia y de astucia que sólo tienen los que han vivido mucho.

La irreligión no había sido para mí sino una forma vacía donde había resbalado mis humillaciones de pequeño campesino enriquecido, despreciado por sus camaradas burgueses. Yo la llenaba ahora con mi decepción amorosa y con un rencor casi infinito.

Dime lo que lees y te diré quién eres, eso es verdad, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees.

Escribir es recordar, pero leer también es recordar.

Ellos no saben lo que es la vejez. Vosotros no podéis imaginar este suplicio: no haber tenido nada de la vida y no esperar nada de la muerte. Que no haya nada al otro lado del mundo, que no exista explicación alguna, que la palabra del enigma no nos sea revelada jamás...

El dia que ya no ardais de amor, muchos se morirán de frio.

Para creer en la resurrección de la carne, tal vez sea necesario haber vencido a la carne. El castigo de aquellos que han abusado de ella es no haber podido ni siquiera imaginar su resurrección.

La gentileza siempre es un signo de traición.

El tiempo siempre está maduro, la pregunta es para qué.

Aquellos a quienes debía amar, han muerto; han muerto los que hubieran podido amarme. Y no tengo tiempo ni fuerzas para intentar el viaje hacia aquellos que sobreviven, para redescubrirlos. No hay nada en mí, ni siquiera mi voz, mis ademanes ni mi risa, que no pertenezca al monstruo que he lanzado contra el mundo y a quien he dado mi nombre.

De pronto experimenté la viva sensación, la certidumbre casi física, de que existía otro mundo, una realidad de la cual no conocíamos más que la sombra...

Estaba tan lejos de tus preocupaciones que te evadías no por el terror, sino por el fastidio.

Los hombres de estado son como los cirujanos; sus errores son mortales.

He estado prisionero durante toda mi vida de una pasión que no me poseía. Como un perro ladra a la luna, me ha fascinado un reflejo. ¡Despertarse a los sesenta y ocho años! ¡Renacer en el momento de morir! Que se me concedan algunos años, aún, algunos meses, algunas semanas...