La inteligencia interpersonal consiste en la capacidad de comprender a los demás: cuáles son las cosas que más les motivan, cómo trabajan y la mejor forma de cooperar con ellos.

El liderazgo no tiene que ver con el control de los demás sino con el arte de persuadirles para colaborar en la construcción de un objetivo común.

El simple hecho de prestar atención establece una conexión emocional en cuya ausencia la empatía es imposible.

La facilidad con que una sociedad desprecia, y hasta sepulta, las visiones discrepantes depende evidentemente del conjunto de lagunas compartidas por sus ciudadanos. No nos damos cuenta de lo que nos desagrada ver y tampoco nos damos cuenta de que no nos damos cuenta.

El miedo, en la evolución, tiene una gran importancia; quizás más que cualquier otra emoción, es crucial para la supervivencia.

Las personas suelen tratar los problemas colectivos como si fueran la responsabilidad de otros.

El arte de las relaciones se basa, en buena medida, en la habilidad para relacionarnos adecuadamente con las emociones ajenas.

No permitas que el ruido de las opiniones ajenas silencie tu voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje de hacer lo que te dicten tu corazón y tu intuición. De algún modo, ya sabes aquello en lo que realmente quieres convertirte.

En el mejor de los casos, el CI parece aportar tan sólo un 20% de los factores determinantes del éxito.

La capacidad de expresar los propios sentimientos constituye una habilidad social fundamental.

Las ideas creativas son como un capullo delicado: hay que mimarlas para que florezcan.

El autoengaño opera tanto a nivel de la mente individual como a nivel colectivo.

El camino para salir de la pobreza es la educación. Si se puede hacer algo para ayudar a chicos pobres para que sigan en el colegio más tiempo se estará haciendo algo muy positivo para mejorar su posición en la vida.

Sin una atención selectiva, la experiencia sería un completo caos.

El logro real no depende tanto del talento como de la capacidad de seguir adelante a pesar de los fracasos.

La vida es una comedia para aquellos que piensan y una tragedia para aquellos que sienten.

El liderazgo no es sinónimo de dominación, sino el arte de convencer a la gente de que colabore para alcanzar un objetivo común.

Cuando la gente está a gusto es cuando mejor trabaja.

El tiempo libre posibilita el florecimiento del espíritu creativo, mientras que las agendas demasiado estrictas, por el contrario, lo sofocan.

En muchos sentidos, la mente emocional es infantil, y cuanto más infantil, más intensa es la emoción.

Si existen dos actitudes morales que nuestro tiempo necesita con urgencia son el autocontrol y el altruismo.

Las críticas adecuadas no se ocupan tanto de atribuir los errores a un rasgo de carácter como de centrarse en lo que la persona ha hecho y puede hacer.

En un sentido muy real que tenemos dos mentes, una que piensa y que siente.

De todas las dimensiones que componen la Inteligencia Emocional, la empatía es la más fácil de reconocer.

La nueva camada de nativos de este mundo digital es tan diestra en el uso de teclados como torpe en la interpretación, en tiempo real, de la conducta ajena, especialmente en lo que respecta a advertir la consternación que provoca la prontitud con la que interrumpen una conversación para leer un mensaje de texto que acaban de recibir.

La empatía desaparece en el mismo momento en que nuestros sentimientos son tan poderosos como para anular todo lo demás y no dejar abierta la menor posibilidad de sintonizar con el otro.

La tensión emocional prolongada puede obstaculizar las facultades intelectuales del niño y dificultar así su capacidad de aprendizaje.

Los sueños son mitos privados, y los mitos son sueños compartidos.

Recordemos que la creencia básica que conduce al optimismo es que los contratiempos y los fracasos se deben a las circunstancias y que siempre podremos hacer algo para cambiar éstas.

El buen trabajo requiere experiencia, ética, entusiasmo y excelencia.

Tu enfoque determina tu realidad.

Adueñándose de nuestra atención, la tecnología entorpece nuestras relaciones.

La autoconciencia implica comprender en profundidad las emociones, los puntos fuertes, las debilidades, las necesidades y los impulsos de uno mismo.

Las emociones afectan a nuestra atención y nuestro rendimiento.

Cuando los ojos de una mujer atractiva miran directamente a un hombre al que encuentran atractivo, el cerebro de éste segrega dopamina, un inductor de placer, cosa que no sucede cuando mira en otra dirección.

El enfado es una emoción muy intensa que secuestra el cerebro. Cuando el enfado nos atrapa hace que se nos reorganice la memoria hasta el punto de que uno puede olvidarse, en plena discusión, de porqué ha empezado.

Si queremos vivir adecuadamente, es necesaria cierta destreza para movernos en tres ámbitos distintos: el mundo externo, el mundo interno, y el mundo de los demás.

La rumiación también puede fortalecer la depresión al hacernos creer que somos más depresivos.

En un mundo tan cambiante encontramos que la flexibilidad, la posibilidad de adaptarse al cambio es más importante que la experiencia.

La empatía siempre entraña un acto de autoconciencia.

El respeto y el amor no sólo pueden despejar la hostilidad del seno del matrimonio, sino también de todos los demás ámbitos de nuestra vida.

El autodominio exige autoconciencia más autorregulación, componentes clave de la inteligencia emocional.

Mirar directamente a los ojos abre la puerta de acceso a la empatía.

Para tomar una buena decisión tenemos que aplicar sentimientos a los pensamientos.

La atención plena parece alentar la velocidad de procesamiento mental, fortalecer las conexiones sinápticas y establecer o expandir redes neuronales ligadas a lo que estamos ejercitando.

La infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas.

La inteligencia académica no ofrece la menor preparación para la multitud de dificultades –o de oportunidades– a la que deberemos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida.

Las emociones perturbadoras y las relaciones tóxicas han sido identificadas como factores de riesgo que favorecen la aparición de algunas enfermedades.

Una forma de aumentar nuestra fuerza de voluntad y el enfoque es manejar nuestras distracciones en vez de dejar que nos manejen.