Aprendí a considerar más el aspecto brillante de mi situación que lo que me faltaba, y este recurso, a veces, me proporcionó tan inefable consuelo, que apenas puedo expresarlo.

Es mejor que haya un león a la cabeza de un ejército de ovejas, que una oveja a la cabeza de un ejército de leones.

Pero... si Dios es más fuerte que el diablo, ¿por qué Dios no mata al diablo y así él no hará más hombres malos?

Si una joven tiene belle­za, nacimiento, educación, ingenio, sentido, modales, modestia y todo ello en forma extremada, pero no tiene dinero, no es na­die y es igual que si lo necesitara todo, porque el dinero es lo único que recomienda ahora a una mujer. Los hombres tienen todo el juego en su mano.

Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan.

Todos los hombres serían tiranos si pudieran.

Hoy amamos lo que mañana odiaremos. Hoy buscamos lo que mañana rehuiremos. Hoy deseamos lo que mañana nos asustará e, incluso, nos hará temblar de miedo.

Todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos.

Ahora miraba el mundo como algo remoto, con lo que yo no tenía nada que ver y de lo que nada esperaba, y de hecho nada deseaba: en pocas palabras, no tenía nada que ver con ese mundo, y difícilmente algún día tendría que ver algo con él; por tanto, pensé que así debía de verse después de la muerte.

Cuando más grande es vuestra gloria, más cerca estáis de vuestra declinación.

Tan razonable como representar un tipo de encarcelamiento por otro diferente, es representar cualquier cosa que realmente existe por otra que no existe. Robinson Crusoe.

No experimentamos las ventajas de un estado hasta que probamos los sinsabores de otros. No conocemos el valor de las cosas hasta que nos vemos privados de ellas.

Nunca sabemos ponderar el verdadero estado de nuestra situación hasta que vemos cómo puede empeorar, ni sabemos valorar aquello que tenemos hasta que lo perdemos. Es.

Todas las cosas buenas de este mundo no son buenas más que por el uso que hacemos de ellas; y que las disfrutamos tanto cuando nos sirven como cuando las juntamos para dárselas a otros, pero no más.

Por lo tanto, el miedo al peligro es diez mil veces más terrible que el propio peligro.