Hay decepciones que honran a quien las inspira.

Los juramentos eran un poco como los corazones: roto el primero, los demás resultaban pan comido.

Baje a la orilla y me senté en la arena, donde años atrás había esparcido las cenizas de Marina. La misma luz de aquel día encendió el cielo y sentí su presencia, intensa. Comprendí que ya no podía ni quería huir más. Había vuelto a casa.

A veces es mejor poner el cerebro a trabajar y agotarlo que dejarlo en reposo para que, cuando se aburra, le empiece a devorar a uno vivo.

Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas.

El destino suele estar a la vuelta de la esquina. (…) Pero lo que no hace es visitas a domicilio. Hay que ir por él.

Al oír tamañas blasfemias, la Bernarda se santiguaba por quintuplicado. Más tarde, por la noche, decía una oración extra por el alma poluta del señor Barceló, que tenía buen corazón, pero a quien de tanto leer se le habían podrido los sesos, como a don Quijote.

Nadie pregunta por aquello que prefiere ignorar.

Al fin y al cabo, ¿qué clase de ciencia es ésa, capaz de poner un hombre en la luna pero incapaz de poner un pedazo de pan en la mesa de cada ser humano?

Significa que si los hombres tuviesen el cerebro la mitad de grande que la bocaza, por no decir otra cosa, este mundo funcionaría mucho mejor.

Por norma general, cuanto más talento se tiene, más duda uno de tenerlo. Y a la inversa.

En esta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio.

Sentía que por primera vez en su vida, el tiempo transcurría más rápido de lo que deseaba y que ya no podía refugiarse en el sueño de años pasados. La rueda de la fortuna había empezado a girar y, esta vez, él no había tirado los dados.

El dinero no compra la felicidad, pero si todo lo demás.

París es la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte.

Éste es un mundo de sombras, Daniel, y la magia es un bien escaso.

En Barcelona habitan más de un millón de personas, pero a la hora de la verdad apenas unas cuatrocientas son las que guardan las llaves de todas las puertas. Y esta es una ciudad de puertas cerradas donde todo depende de quién tiene la llave, a quién se le abre y en qué lado del umbral se queda uno.

Cuanto más oía de aquella historia, más perdido me sentía.

Un hombre ha de tener vicios, a ser posible de categoría, o cuando llega a la vejez no tiene de qué redimirse. De.

Mil veces he querido regresar y perderme en un recuerdo del que apenas puedo rescatar una imagen robada al calor de las llamas.

La felicidad, o lo más cercano a ella a que puede aspirar cualquier criatura pensante, la paz de espíritu, es aquello que se evapora por el camino que lleva del creer al saber.

Es un hecho científicamente comprobado que cualquier infante de pocos meses de vida sabe detectar con instinto infalible ese momento exacto de la madrugada en que sus padres han conseguido conciliar el sueño para elevar el lanto y evitar así que puedan descansar más de treinta minutos seguidos.

En las batallas perdidas, la última defensa es la indiferencia.

¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.

A lo mejor. O a lo mejor sí.

La vida es un camino que cada uno de nosotros debe de aprender a recorrer en solitario, rogando a Dios que le ayude a no extraviarse antes de llegar al final.

Me incliné sobre ella y recorrí la piel de su vientre con la yema del dedo. Bea dejó caer los párpados, los ojos y me sonrió, segura y fuerte. Tenía diecisiete años y la vida en los labios.

Hay épocas y lugares en los que no ser nadie es más honorable que ser alguien.

Nada alimenta el olvido como una guerra.

Quisiera que mi última memoria fuese la de aquel amanecer en la playa y descubrir que todo este tiempo no ha sido más que una larga pesadilla.

Mientras haya chavales en pantalón corto que sepan manejar esdrújulas habrá esperanza.

El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resistí a rendirme.

Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo.

Los libros me enseñaron a pensar, a sentir y a vivir mil vidas. ¿Quién quiere ser una buena chica por voluntad propia?

Corazon caliente, mente fria. EL codigo del seductor.

El tiempo me ha enseñado a no perder las esperanzas, pero a no confiar demasiado en ellas, son crueles y vanidosas, sin conciencia.

Me gustaría oírlo de ti, que te vas y no que huyes.

Se bebe para recordar y se escribe para olvidar.

Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro que ves tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con el. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus paginas, su espíritu crece y se hace fuerte.

Siempre había pensado que las viejas estaciones de ferrocarril eran uno de los pocos lugares mágicos que quedaban en el mundo. En ellas se mezclaban los fantasmas de recuerdos y despedidas con el inicio de cientos de viajes a destinos lejanos, sin retorno. "Si algun dia me pierdo, que me busquen en una estación de tren", pensé.

Cuando todo el mundo se empeña en pintar a alguien como un monstruo, una de dos: o era un santo o se están callando de la misa la media.

A la hora de mentir lo que hay que tener en cuenta no es la plausibilidad del embuste, sino la codicia, vanidad y estupidez del destinatario. Uno nunca miente a la gente; se mienten a ellos mismos. Un buen mentiroso les da a los bobos lo que quieren oír. Ese es el secreto. —Eso.

Adoraba la música, la pintura y todas las materias desprovistas de provecho y beneficio en la sociedad de los hombres.

Y es que nada es tan difícil de creer como la verdad y, por el contrario, nada tan seductor como la fuerza de la mentira cuanto mayor es su peso.

Una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada.

La gente iba y venía de sus vidas en busca del metro, la compra o el olvido.

Rió y en ese momento, con esa rara certeza que sólo se tiene un par de veces en la vida, supe que iba a pasar el resto de mi vida a su lado.

Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.

La elocuencia de una exposición es directamente proporcional a la inteligencia de quien la formula, del mismo modo que credibilidad lo es a la estupidez de quien la recibe.